martes, 24 de noviembre de 2009

Zelaya quedó solo


Carlos Alberto Montaner escribió un artículo que explica, según su criterio, por qué Estados Unidos retiró su apoyo a Zelaya.

Lo resume en cinco puntos básicos
1) El Departamento de Estado comprobó que el respaldo institucional hondureño a la destitución y arresto de Zelaya era prácticamente unánime y se mantenía firme, pese a las sanciones y las cancelaciones de visas. Los poderes legislativo y judicial, las Iglesias, el ejército y, según las encuestas, el 80% de la población preferían a Zelaya alejado del poder.

2) El informe del departamento jurídico de la Biblioteca del Congreso sobre la remoción de Zelaya, solicitado por un legislador, no dejaba lugar a dudas: aquél había sido separado del cargo y sustituido por Micheletti de acuerdo con la legislación hondureña. Expulsarlo del país seguramente fue ilegal (acaso debieron dejarlo encarcelado), pero exigir su restitución era tanto como pedir a los hondureños que violaran la ley.

3) Hábilmente, el nuevo gobierno de Honduras había trasladado el debate al seno de la sociedad norteamericana, por medio de congresistas y senadores republicanos, y la administración de Obama estaba pagando un precio político interno por sostener una postura antidemocrática contraria a los intereses y valores del pueblo estadounidense.

4) En el Departamento de Estado circulaban dos páginas compiladas por la inteligencia norteamericana en las que se consignaban los presuntos delitos y complicidades del entorno más íntimo de Zelaya con el narcotráfico y la corrupción. No tenía sentido colocarse en ese mismo bando, mientras Washington mantenía en el país la base militar de Palmerola, supuestamente dedicada a vigilar y combatir actividades afines a las que realizaban familiares y amigos de su contradictorio protegido.

5) Tampoco parecía sensato alentar la supervivencia artificial de un régimen que militaba abiertamente en el campo chavista, familia política aliada a Irán. Chávez, que hasta hace poco era clasificado como una pintoresca molestia, al asociarse a Teherán y prestarle apoyo para el desarrollo de armas nucleares ha pasado a ser un enemigo peligroso.

Desde este humilde sitio, siempre afirmamos que la destitución de Zelaya no fue un golpe de Estado sino un acto democrático y previsto en la Constitución del país. Lo que no compartimos fue la forma en que fue expulsado.

Es evidente que la progresía tiene un hueso atragantado. Pese a todas las declaraciones y apoyos testimoniales, no pudo revertir la situación. Esto no termina aquí, pero si en las inminentes elecciones el apoyo de la ciudadanía en las urnas es masivo, Zelaya será simplemente un triste recuerdo.

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